Mentiras de nariz larga (art. opinión Baltasar Garzón)

 Las mentiras, hijo mío, se conocen en seguida, porque las hay de dos clases: las mentiras que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga. Las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga 

El hada madrina a Pinocho en ‘Las aventuras de Pinocho’ de Carlo Collodi.

El año pasado leí en este mismo diario un interesante artículo de José Miguel Contreras. Se refería a un libro titulado La industria de la calumnia de los periodistas Aaron Krolik y Kashmir Hill. Cito el párrafo final:

“…la industria de la mentira no conoce fronteras. Su capacidad de extensión es infinita. Las mentiras son ilimitadas. No hay miedo en excederse. En realidad, sí que hay un límite, el del número de personas dispuestas a creerlas. El negocio de la información parece haber cambiado desde que la fragmentación ha roto el territorio monopolizado por los medios tradicionales. Ahora tiende a centrarse, más que en contar lo que ocurre, en vender la versión que cada uno quiere escuchar de lo sucedido. No sólo existe el acto malintencionado de algunas fuentes de mentir, sino que también es indispensable contar con un significativo número de personas que prefieren que se les mienta, siempre y cuando se les diga lo que desean oír”.

Tanto los medios tradicionales como las redes sociales se hacen eco, cada vez con más frecuencia, de las versiones interesadas de individuos que cuentan “su verdad” sabiendo que es falsa, pero sin que ello importe en absoluto, pues la intención es disparar la bala allá donde el impacto puede ser más beneficioso para sus propios intereses y siempre, en efecto, teniendo como espectadores a un público entregado a la versión que quieren escuchar, aunque sospechen, o sepan, que la misma es espuria. Esta táctica es típica de los populismos y de la ultraderecha, de aquellas y de las de ahora. Tergiversan el presente, pero también la historia si es que les resulta útil para adelantar al contrincante. Luego amplían y reiteran la mentira que, a fuerza de esa repetición, se pretende convertir en verdad o cuando menos en algo asumido por todos como parte del juego político. El esfuerzo del desmentido es hercúleo; y, normalmente, te lleva a los tribunales que también sufren la inercia de que todo es libertad de expresión, hasta el insulto. Con ello, ganan definitivamente quienes planearon una estrategia de deterioro y corrosión de los derechos y las instituciones a la que ya nos hemos acostumbrado, con lo que ni siquiera hacemos el esfuerzo de escandalizarnos.

Nos han arrebatado la inocencia de creer en el otro, en lo que se dice y se hace, provocando una desafección en la ciudadanía con la política, lo que es ganancia para ellos, pero que es una desgracia y un peligro para quienes creemos que la democracia es participación en la toma de decisiones que nos afectan a todos. Esto sucede porque estamos saturados de tanto bulo y de tanta invención, que nos inhibimos y pasamos casi a la indiferencia, de “que digan lo que quieran” o “todo es una pura mierda”, con perdón por la expresión. Se ha ido perdiendo el razonamiento propio, esa visión crítica indispensable que nos lleva al saludable hábito de cuestionar. Por las redes sociales circulan todo tipo de sandeces, mientras varios medios se dedican a publicar las versiones más adecuadas a su propio provecho económico o ideológico, exagerando la realidad, como la nariz de Pinocho, para fomentar el morbo y el griterío sin atisbo de un ápice de integridad. El filósofo y lingüista Noam Chomsky, en uno de sus brillantes análisis sobre Donald Trump, lo exponía así: “No paras de decir mentiras y lo que ocurre es que el concepto de verdad simplemente desaparece”. O lo que es peor, sabemos que es mentira, pero permitimos que lo transformen en una verdad política, provocando con ello un efecto demoledor y geométricamente perverso; y mucho más si existe un acuerdo tácito o expreso para difundir los bulos y agrandar la vaciedad de determinadas posturas o posiciones.

Mentiras sobre mentiras

Se me dirá que al final la verdad siempre sale a la luz, y que tarde o temprano terminará por imponerse a la mentira. Ojalá esto fuera cierto, pero no siempre lo es, y aun cuando en ocasiones finalmente sucede, mientras tanto ha dejado un poso envenenado que surte nuevas y turbias inquinas y llama a otros personajes del mismo cariz a aportar su pegajoso granito de arena.

Muy pronto, en mi carrera profesional, tuve que aprender a vivir con una permanente exposición a los medios, hasta el día de hoy. Por el camino me fui ganando algunas antipatías y enemistades por encarar mi trabajo con decisión, hasta las últimas consecuencias y muchas veces a contracorriente. Ante el dilema weberiano sobre la ética de los principios y la ética de las consecuencias, (la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad) mi elección siempre ha sido en favor de la primera, ya que de otra forma creo que no existiría, ni siquiera como concepto ni como valor, aquello que llamamos Justicia. Tuve que aprender a soportar robos, allanamientos de morada, amenazas de muerte y algún que otro intento de atentado. Hasta mis hijas y mi hijo tuvieron que ir al cole con guardaespaldas, además de sufrir ataques de extrema derecha contra ellos. Cuando esto no daba resultado vinieron todo tipo de arremetidas personales y campañas de desprestigio, teniendo que cargar con el apelativo de “juez estrella” por la atención que me prestaban unos y los embates que me propinaban otros.

Porque lo he padecido, puedo dar fe de las distintas estrategias y disfraces de la mentira utilizada como un arma arrojadiza. La técnica es antigua y propia de las organizaciones mafiosas. Enlodan tu nombre y el de quienes te rodean por todos los medios, para así aislarte y finalmente deshacerse de tu incómoda presencia. Sepan, pues, que estas técnicas no suelen dar resultado cuando enfrente tienes a quien posee la certeza y convicción de estar haciendo lo correcto, trabajar honestamente y honrar los valores y los principios que deberían guiarnos a todos y hacer lo que es debido, ya sea en lo público como en lo privado, le pese a quien le pese, se llame como se llame, sea del partido o asociación que sea y ocupe la plaza que ocupe.

Tras mi inhabilitación como juez (hoy declarada atentatoria contra mis derechos por el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas), comencé a ejercer la profesión de abogado, y hasta en este ejercicio profesional he tenido que soportar que se diga absolutamente de todo sobre mí: cuánto gano, los casos que supuestamente llevo, incluso dónde y con quién voy a comer y hasta el menú que he ordenado, por no hablar de lo que se “informa” sobre mi vida personal, de la cual jamás he hecho alarde alguno.

Tanto los medios tradicionales como las redes sociales se hacen eco, cada vez con más frecuencia, de las versiones interesadas de individuos que cuentan ‘su verdad’ sabiendo que es falsa, pero sin que ello importe en absoluto.

Ya escribí en 2019 un artículo sobre las fake news, en el que, entre otras cosas, hablaba de lo difícil que es hacer desmentidos, demandas y rectificaciones, que siempre llegan a destiempo y con mucha menor visibilidad que la noticia falsa y escandalosa, que prende como el fuego en la broza y se disemina como reguero de pólvora por las redes sociales con la ayuda de los algoritmos e incluso de bots contratados al efecto, cual ejército de mercenarios virtuales al servicio de quien pague por ellos. Internet se ha convertido en la madre que guarda todo lo que se refiere a sus hijos y lo mantiene de manera perenne, sea bueno o malo, por los siglos de los siglos.

Se publican afirmaciones disparatadas, ilógicas. Muchas veces atendiendo a personajes muy cuestionables que se convierten en una especie de gurús que presumen de fuentes de “sabiduría” aún más contaminadas e interesadas hasta formar una comunidad de intereses en la que la veracidad de los hechos se convierte en una quimera, y donde solo arraiga el provecho propio y el engaño al público, en general. 

Con estos mimbres se construyen dosieres, reportajes e incluso libros. En la sombra pululan otros personajes que también buscan hacer su agosto con individuos de este tipo, con fines oscuros y poco sanos.

Tormentas de mierda

En su libro En el enjambre, el filósofo Byung Chul Han habla de shitstorms, literalmente “tormentas de mierda”. Lo define como un fenómeno genuino de la comunicación digital que es posible en una cultura de la falta de respeto y la indiscreción. Como característica especial “se precipitan solo sobre personas particulares, por cuanto las comprometen o las convierten en motivo de escándalo”. Pero resulta que esas personas pueden ocupar también un cargo público, y al difundir esas historias distorsionadas o falsas se degrada el servicio público, y se dinamita la credibilidad de la institución, con la sola pretensión de potenciar la vanidad de quien así actúa, o de conseguir el poder o cargo, en un futuro más o menos próximo.

Sin duda, en estos casos, nos encontramos en demasiadas ocasiones con estas tempestades de difamación y de porquería incitadas por un interés puntual, atacando a una persona concreta que difícilmente se puede defender, insistiendo hasta crear una bola que se transforma en alud. El autor de la mentira, aquel que busca su ganancia, señala con el dedo apuntando a otro lado para desgastar a quien quiere destruir mientras manipula en la sombra. Se cree dueño del bien y del mal; de lo justo y de lo injusto… incluso puede utilizar en vano el nombre de Zola intentando aparentar que ampara a un Dreyfus. Y al final ¿para qué? ¿para ocupar un despacho mejor? ¿para obtener alguna prebenda administrativa? La ética es el ropaje de los dioses, pero la hipocresía solo viste a los mezquinos.

Baltasar Garzón es presidente de FIBGAR.

Fuente: Infolibre.es

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