Artículo opinión: ¿Qué pasó aquí? Gonzalo Martner

Opinión Gonzalo Martner


¿Qué pasó aquí?

Un amigo me envía lo que sigue, escrito por un común conocido: «Es a Colombia o México que se asemeja más el «nuevo modelo» que estamos engendrando. Nace, cuando nadie, ni izquierdas ni derechas, ni gobiernos, Parlamento o jueces, están dispuestos o preparados a pagar los costos de terminar con la violencia y el desorden público. Al contrario, ambos comienzan a contar con protección y validación entre autoridades políticas. La realidad de nuestros tres poderes del Estado lo grafica. Un Ejecutivo incapaz de imponer el orden público como es su deber. Un Legislativo ambiguo cuando no amparador y azuzador de la violencia. Un Poder Judicial de un garantismo inepto para el Chile actual, que adiestra en que los delitos violentos suelen volverse impunes y que reserva la severidad para los procedimientos policiales mermando al Estado la capacidad para reprimir, castigar o defenderse. Sean cuales sean las intenciones, ideales, frustraciones o anhelos, la violencia no es contenida, condenada, ni castigada en la medida necesaria para erradicarla. Así se va configurando un nuevo modelo de país».

¿Qué pasó aquí?

Si no entiendo mal, la persona que escribe está llamando a una represión violenta tipo masacre para «erradicar la violencia». Y que cuando critica a los que no estarían «dispuestos a pagar los costos» se sitúa abiertamente al margen de toda garantía de respeto de los derechos humanos en aras de evitar «un nuevo modelo de país» signado por la violencia. Este es un discurso -y desgraciadamente una práctica histórica- que conocemos bien: la de la derecha autoritaria y de la oligarquía vieja y nueva que se siente dueña del país. Y que hoy considera «débil» incluso a este gobierno y sus procedimientos represivos con asesinatos a mansalva, disparos a los ojos, heridas y golpizas por doquier de unas policías con síntomas de desquicio. Y que no considera que los derechos de las personas, por condenables que pudieran llegar a ser sus conductas, deben respetarse siempre en un Estado de derecho, que el articulista evidentemente desprecia con ironía. Y que no considera en absoluto que la violencia de la explotación económica, de la humillación de los débiles y de los vencidos, el abuso de los poderosos y del patriarcado ancestral, termina en un momento u otro por engendrar formas de violencia social, como en el Chile de hoy. Esta violencia, por condenables que sean algunas de sus expresiones, nunca debe dejar de ser contenida abordando las raíces y no solo los síntomas, las causas y no solo los efectos.  

Oscar Guillermo Garretón. Fuente: El mercurio.

El enfoque comentado es repudiable, pero conocido y recurrente. Lo que me cuesta creer es que lo citado haya sido escrito por Oscar Guillermo Garretón. El mismo que conocí en octubre de 1970, reunido en mi casa con mi padre y Pedro Vuskovic, cuando preparaban el inicio del gobierno de Salvador Allende. Guardo el recuerdo de la escena, aunque con mis 13 años nada tenía que ver con el asunto, por supuesto. 

Oscar G. estuvo a cargo de delinear el plan de nacionalizaciones (que Vuskovic y mi padre entendían limitado a grandes empresas y a la banca), pues había estudiado los grupos económicos de la época y el Mapu lo nominó para ocupar la subsecretaría de Economía. Se usó las intervenciones de empresas de distinta índole y tamaño e incrementos salariales sin estrategia política clara, como la hubo con la compra de acciones de la banca. En 1973 Oscar G. saltó al parlamento y a la política partidaria y se hizo cargo de una de las facciones del recién dividido Mapu.  Después del golpe, salí de Chile al exilio con mi madre y mi hermano menor en el mismo avión de la fuerza aérea colombiana en que estaban su mujer y sus pequeñas hijas, quedando Oscar G. todavía por meses en la embajada de ese país, cuando era uno de los hombres más buscados por la dictadura recién entronizada y que de encontrarlo lo hubiera asesinado sin más. Seguí  sabiendo de él durante la dictadura, dirigiendo su partido desde Cuba y entrando y saliendo clandestinamente, incluso para organizar un grupo de lucha armada. No pudo volver al parlamento en 1990 porque estaba proscrito por una acción legal de la Armada, y optó por dedicarse a la actividad empresarial. Compartí  con él en el comité central del PS, al que se integró en 1989, por muchos años y me ayudó con su bonhomía y simpatía de siempre en temas de gestión partidaria cuando fui dirigente del PS (aunque equivocándose gravemente en el tema de la administración de los bienes devueltos)  y en diversos otros temas. Siempre lo vi como un defensor de los derechos humanos, aunque fuimos discrepando cada vez más por su creciente defensa del libremercadismo que, como se sabe, poco tiene que ver con las ideas socialistas.

Nunca he tenido problemas con que la gente evolucione o derechamente cambie sus ideas. Es propio de la condición humana y del ejercicio de la libertad personal. Nada que decir. Lo único que siempre he pedido es franqueza en la materia. En cambio, Oscar G. fue de los que querían que su evolución personal hacia el mundo de la gran empresa -¿en una hegeliana lucha por el reconocimiento a posteriori?- fuera entendido como parte de la renovación del socialismo, en lo que fuimos discrepando de manera cada vez más aguda. Me pasó con otra gente que pasó del dogma del socialismo centralizado al dogma del libremercado y a «las soluciones privadas a los problemas públicos». Se compraron aquello de que el Estado sería siempre ineficiente, en circunstancias que como organizaciones las privadas no suelen ser mucho mejores que las públicas y las sin fines de lucro y que sistémicamente producen desigualdades sociales y destrucciones de la naturaleza que son inaceptables. Y se olvidaron que los defectos del Estado son muchos, pero que en democracia y con participación ciudadana son siempre mejorables.

Tal vez se trata de gente que necesita interpretar el mundo de manera cerrada, cualquiera sea el sistema de interpretación que adopten. Los que creemos en el pensamiento abierto y crítico nunca fuimos marxistas-leninistas. Al evidenciarse su fracaso histórico, no necesitamos abrazar un nuevo dogma, solo seguir con el pensamiento crítico y, en lo fundamental,  con la opción por principios igualitarios y libertarios de organización de la sociedad. Los instrumentos siempre serán discutibles y, por qué no, cambiantes. Aferrarse a instrumentos que no funcionan no es precisamente muy inteligente.  Los principios son otra cosa y no tienen que ver con la inteligencia sino con la concepción que se tiene de la vida social. Cuando un instrumento no sirve, eso no quiere decir que los principios a los que uno libremente adhiere haya que desecharlos junto al instrumento que no sirve. Cuando no funciona, personalmente procuro cambiar el instrumento, y no mis principios.

Pero insisto, cada uno es libre de adherir a los principios y a los instrumentos que quiera, tratando de no pasar gato por liebre, eso sí. Yo sigo pensando que el Estado democrático de derecho es una conquista irrenunciable de la humanidad y que el socialismo en materia económica debe defender combinaciones adaptadas a cada etapa histórica entre una fuerte acción estratégica y de prestación de servicios del Estado, la reciprocidad comunitaria en la economía social y del cuidado y mercados subordinados al interés general que coordinan descentralizadamente ofertas y demandas a través del sistema de precios. Pero adherir al libremercadismo y a la dominación de la gran empresa es propio de otras ideas y de otros intereses que los de la mayoría social. Y así, cada uno con las ideas y adscripción a intereses que mejor le parezcan.

Pero entre mis conocidos que pasaron de la izquierda a las ideas económicas liberales, con los que discrepo pero a los que respeto, no había visto el tránsito a la defensa del autoritarismo violento propio de la peor derecha, como observo con pesadumbre, dada la mencionada historia común, que ocurre ahora con Oscar G. Eso si ya no es respetable.

Escribo estas líneas lejos de sentirme dueño de verdad alguna o con el derecho de juzgar a nadie, sino solo como defensor de ciertas ideas igualitarias y libertarias que se inscriben en una tradición en la historia contemporánea, y para que las nuevas generaciones no piensen que hay una parte de una generación de la izquierda que viró a las ideas liberales y, ahora, a respuestas represivas y autoritarias, sin que hubiera controversia con los que tomaron ese camino. La controversia existió en todo momento, y siguen habiéndola, aunque el privilegio mediático de los nuevos liberales o los nuevos autoritarios pudiera hacer pensar lo contrario.

Autor: Gonzalo Martner

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